
...En el largo camino que el universo dispuso para ti, antes y después de encarnar a la mujer más fuerte que he conocido.
(I)
...Y me encuentro aquí, viviendo uno de los momentos más dolorosos de mi propia existencia, aunque uno de los más fascinantes.
Es curioso, Doña Anita estuvo presente físicamente casi todos los días de mi vida, hasta ahora;
y al igual que hace tres años, he podido presenciar algo tan extraordinario como inesperado.
Fue aquel Martes 14 de Diciembre del 2010 cuando llegué al hospital Adolfo López Mateos casi a las 11:00 de la mañana, encontré a mi tío sentado afuera del pabellón de urgencias; me comentó si quería pasar a verla. Debo admitir que dudé por un instante porque su apariencia me entristecía, pero finalmente decidí hacerlo.
Doña Anita estaba esperándome, encerrada en su propio letargo. Su cuerpo vislumbraba los efectos de las complicaciones desarrolladas días antes.
Cuando llegué frente a ella, pude notar en su rostro la quietud de la esperanza y la ansiedad de la demora, mi demora.
Estaba ahí, aguardando mi llegada.
A pesar de su inconsciencia física, ella era conciente en mi pensamiento. No dudé en postrar mi mano sobre su frente, pasando por su corta cabellera grisácea.
Acercándome lentamente, comencé a susurrarle al oído que ahí me encontraba, que todo iba a salir bien y que no se preocupara por los pendientes que aún tenía. Le dije que yo me haría cargo. Saqué una pequeña estampilla de mi cartera con la imagen de la Virgen Guadalupana y la metí entre sus sábanas para que la acompañara, aquella estampa me la había regalado un ser muy especial horas antes.
Fue así como inconscientemente comenzamos a preparar la salida triunfal de aquella guerrera de la vida, porque pronto estaría esperándola alguien que regresaba del tiempo y espacio distante.
En ese instante, me vi obligado a salir de la sala de emergencias porque estaba obstruyendo el espacio donde unas enfermeras realizaban su labor. Me dirigí a las afueras del pabellón cuando una voz interior comenzó a dictarme para la generala de mil batallas.
Transcurrió poco mas de una hora y fue a la 1:00 de la tarde que los familiares podían visitar y pedir informes sobre el estado de sus enfermos.
Cuando llegó mi turno, me dirigí a la cama número 3 donde se encontraba. Quería susurrarle al oído lo que había escrito durante la espera; cuando llegué, su cuerpo ya no estaba en la cama.
Pregunté a una enfermera y me dijo que buscara al médico responsable, cuando lo encontré, inmediatamente pregunté por Anita Castillo, en ese momento el me tomó del hombro y me dió la noticia de que mi generala había emprendido la retirada, curiosamente al mismo tiempo que yo estaba escribiendo el texto de su vida.
Finalmente comprendí que Doña Anita solo esperó a que llegara para despedirse; porque ella me amaba y necesitaba de mi ayuda para poder salir de la mano de mi abuelo hacia rumbo desconocido.
Al salir del pabellón pude asimilar con lágrimas en los ojos que mi escrito había servido como última remembranza dentro de la mente de Doña Anita en la víspera de su partida, y que necesariamente yo era el elegido para auxiliarla en aquella fuga, en el escape de su propio delirio físico. Con la energía de esta pluma y este papel envueltos en el amor por la mano de mi propio ser.
Curiosamente, casi siempre tuve la idea que cuando partiera mi generala, yo también lo haría al mismo tiempo, por ser tan grande nuestro vínculo entre abuela y nieto.
Debo reconocer que estaba equivocado por haber maquilado en mi memoria esta arraigada manifestación de apego; Doña Anita nunca fue egoísta y creo fielmente que esta es la lección más valiosa que pudo haberme enseñado, la de seguir viviendo a pesar de su ausencia física, porque aún me restan muchas cosas por hacer y no pienso defraudar a quien tanto me amó desde que nací.
Porque parte importante de ella es ahora mía.